Guillermo Mazzei

MAZZEI.CO

“UNO EN EL MAR SOLO SE PIERDE»

Acordamos la hora de la entrevista y le pareció bien: decidió adelantar la limpieza del taller para la tarde anterior, porque para él el orden y la limpieza son clave,
sin importar el tamaño del espacio. “Soy emprendedor desde siempre”, dice de sí mismo. Entre un emprendimiento de food trucks y otro de yeso y colocación, Guillermo también fabricaba muebles. Al principio los hacía para él, pero de a poco empezaron a pedirle amigos y familiares.

¿Cuándo te animaste a abrir tu empresa?

A fines de 2018, pero en realidad empecé unos años antes, trabajando para bares y cafeterías, haciendo mesas y sillas de hierro y madera. El primer gran pedido me lo hizo un amigo, que quiso cuarenta sillas. Para mí era una apuesta enorme, pero resultó una buena experiencia y, desde ahí, empecé a enfocarme en este proyecto. Seguí incorporando hierro porque era la forma que había encontrado de entrar en el mundo de la madera, pero apenas pude tercericé la herrería

¿Así que te hiciste camino solo?

En mi círculo nadie se dedicaba al rubro, pero vengo de una familia muy laburadora y de crear las cosas. Mi padre construyó de cero la casa donde vivimos toda la vida. Crecí con esa persona que daba forma a todo; junto a sus hermanos y su padre me contagiaron esa actitud de que
si quiero algo lo puedo crear. Él tiene una imprenta y yo de chico pensaba que ese era mi lugar, pero de grande me di cuenta de que lo que me gustaba era estar rodeado de máquinas. Fui pasando por diferentes emprendimientos y también trabajé 10 años en la imprenta, hasta que llegó el encargo de las sillas de hierro y madera y decidí que quería dedicarme a esto.

¿Te imaginabas ya teniendo tu empresa?

Siempre fui de buscar lo mío, siempre quise trabajar para mí. Mi encuentro con la madera se dio en esa búsqueda de poder poner mis ganas de crear. Si bien no soy carpintero, soy habilidoso, me gusta investigar y meterme de lleno a aprender. Cuando mi amigo me encargó las sillas para su bar, hice pruebas hasta que quedaron perfectas: aprendí haciendo. Al inicio no tenía maquinaria, apenas algunas herramientas que me prestaba mi padre, y el taller estaba en el fondo de la casa de mis padres, con unos pocos metros cuadrados de espacio.

¿Te acordás por dónde empezaste a probar tu camino?

Sí, claro. La primera prueba que hice fue de patas Hairpin, una pata nórdica de hierro que estaba de moda. Me fui para el taller y fabriqué una maquinita para doblar la pata, hasta que logré el molde perfecto. Después subí una publicación a las redes sociales y vendí más de 500 patas.

¿Cómo fue creciendo el equipo?

La primera persona que sumé para trabajar conmigo fue un soldador, para delegar la herrería. A su vez, empecé a difundir mi trabajo en Facebook, Instagram y Mercado Libre. Comenzaron a llegar más pedidos, contraté a alguien más para el taller —que hoy es el encargado— y compré más herramientas. Y cuando sentía que era el momento de dar un salto, llegó la pandemia. Al principio dije “la quedé”, pero, por el contrario, lo que nos sorprendió a todos en el rubro fue el boom de las renovaciones de las casas. El trabajo siguió creciendo, pude comprar la primera máquina, una escuadradora, y salí a buscar un lugar para alquilar. Esa fue la primera mudanza, a un taller de 250 metros cuadrados. Ahora tuvimos una segunda mudanza, a un taller de 800 metros cuadrados, y sumamos otra máquina importante. La maquinaria es clave para ser competitivos, porque permite ganar tiempo y perfeccionar el trabajo. Y así como crecemos en tecnología, también en cantidad de personas: hoy somos 11, distribuidos entre el taller, diseño y administración.

¿Cómo te resultó el pasaje de emprendedor a empresario?

Lo más difícil fue delegar tareas. Yo soy muy práctico, me gusta hacer cosas, pero en un momento me di cuenta de que iba a aportar más si me enfocaba en la parte comercial y en organizar al equipo para llevar adelante los procesos operativos. También busqué contactarme con colegas, porque me di cuenta de que necesitaba ampliar mi forma de pensar, que yo solo llegaba hasta determinado nivel. Quería seguir creciendo y apostar a proyectos más grandes, pero no sabía cómo. Necesitaba información. Así fue que me enteré del Fondo Industrial y de Adimau, y empecé a llevar adelante la empresa desde otro lugar.

¿Cómo fue tu contacto con Adimau?

Hace un par de años, Pablo Soca me dice: “Por la etapa en la que estás, tengo una solución para vos: hacete socio de Adimau”. Yo no tenía idea de qué era. Me contó que se juntaban una vez por mes, que hablaban de los problemas comunes y que aprendías de los demás. Y la verdad es que te beneficiás mucho al ser socio, porque generás interacción con otros, nuevos contactos y todo eso te ayuda un montón. Fui a la primera reunión y sentí que me recibieron como a uno más. Pasaron los meses y seguí yendo, conociendo personas que tienen mucha experiencia, empresas de hace 20 o 30 años Adimau te da la posibilidad de compartir y aprender con otros.

Un espacio de networking…

Un día me llegó un trabajo que no podía agarrar y enseguida pensé en un colega. Otro día necesité máquinas y tenía quien me prestara. Se da así la interacción,es espectacular. Y después los vínculos se fortalecen mucho con los viajes. El primero que hice fue a la fábrica de Egger en Concordia y luego, al poco tiempo, viajamos a Brasil a recorrer empresas. Ahí te explota la cabeza, porque solo de ver cómo arman sus talleres y cómo organizan el trabajo, aprendés. Y además estás compartiendo con colegas con los que se da una camaradería que te va uniendo.

¿Por qué le dirías a alguien que recién emprende en el rubro que se sume a Adimau?

Porque a cada nuevo socio lo recibimos con el mismo apoyo y la misma buena onda con la que me recibieron a mí. La asociación me dio muchas herramientas. Uno en el mar solo se pierde, y no es lo mismo perderse solo que acompañado. En Adimau siempre está el que sabe para dónde está la costa, porque ya la vivió, y también está el que está en la misma situación que vos, con quien podés compartir tu enfoque y mejorarlo a partir de las ideas del otro. A mí Adimau me ahorró cinco años de aprendizaje o, mejor dicho me generó cinco años para hacer otras cosas. Viajamos por el mundo y nadie entiende cómo directores de empresas que compiten entre sí pueden hacerse amigos. Y nosotros estamos fascinados con eso.

¿En qué momento está hoy la empresa y qué imaginás para los próximos años?

Sí, en lo profesional y en lo personal, porque el año pasado fui papá y, justo antes de que naciera nuestra hija, conseguí el local nuevo. Ahora tengo más motivación que antes para hacer las cosas bien, para que la empresa crezca y poder darle, hoy o mañana, todo lo que se merece. Y por suerte tengo un equipo que me acompaña: en el trabajo, en el rubro y mi familia. Mis padres me apoyaron desde chico, me dijeron que hiciera lo que necesitara hacer para encontrar mi camino y me dieron todo lo que estaba a su alcance; y mi pareja, desde el principio, me insistió en que esto era lo mío, que me animara.

¿Qué valores y cultura te gustaría generar en tu empresa?

Creo que lo primero que hay que hacer es escuchar al que tenemos al lado y contar unos con otros. Nada se logra si no hay trabajo en equipo. Ser buenos compañeros, respetuosos, amables y estar siempre dispuestos a dar una buena respuesta y encontrar una solución. Yo siempre fui muy prolijo y me gusta que las cosas salgan bien, en tiempo y forma. Y después, venir y disfrutar del trabajo. Que todos podamos encontrar en el trabajo un crecimiento personal y profesional. Si la empresa crece, crecemos todos.